lunes, diciembre 22, 2008

Muerte del Niño Naranjo



Tapa: Clara DG.
Bueno. Fin del camino. Queremos saludar a nuestros más caros amigos, dejando implicita la idea de una existencia colectiva, más estimulante. Amigos, sin ustedes esto sería la habitación de un loco. Para levantar las banderas de la poesía, homenajeo a la delantera más lujoza que nos visitó: Ignoto, Almereyda y el Dr. Mi abrazo (claro que nunca al ala UCR ni dios lo permita) para todos ustedes. Nn.-

sábado, noviembre 08, 2008

Sala de espera

Está parado frente al árbol viejo y enorme, con la verga pasando por la abertura para la pierna del short, sostenida con delicadeza por su dueño, orinando un chorro potente, pensando un poco aturdidamente en la frase “la dejó mamando”.
“Otra vez la misma historia” le parecía oír ahí adentro. Pero no era su voz la que imaginaba. Es muy difícil trazar la separación entre lo que uno imagina que ve de lo que imagina que oye. Claro que también, a veces, es difícil saber si uno oye o escucha. Pero ese es otro tema. Desde que se levantó por la mañana anda inquieto, salta de tarea en tarea, sin saber bien cuál será la definitiva. Más bien, espera a que la hora le marque la última tarea. Se va a encontrar, a la noche, con una señorita. Le transpiran las manos (además del resto del cuerpo), “mala seña pa’ un jugador de bocha” , se habían reído de él. Está muy piolamente sentado, a las tres y media de la tarde, bajo un tinglado que, a los efectos de seguirle la corriente a una ley bastante banana de la física, hace enormes ruidos al expandirse debido al terrible sol que le pega, más o menos, desde las 8 de la mañana, sin asco; sentado y sediento, decía, en el sillón rojo con inscripción idéntica a la de la botella marrón que tiene enfrente: Santa Fe. Tiene los ojos rojos. Todos ahí tienen los ojos rojos. “Te toca muñeco”, le dicen. Entonces se levanta del sillón, haciendo fuerza con las manos sobre los apoya-brazos y va hacia los tres hombres que esperan a que él llegue, tome una de las bochas rayadas y tire. Hay una expresión que se usa a menudo, que tiene que ver con el juego de las bochas: “arrimar el bochín”. Aunque con cierta deformación, ya que la expresión justa sería: “arrimarle al bochín”. Esa es la jodita de jugar a las bochas, dejar la mayor cantidad de bochas de un mismo equipo más cerca del bochín que el contrincante. Como se adivinará, están jugando en equipo.
Pero decía yo que este hombre iba en búsqueda de su bocha. La levanta del piso y le limpia, con un trapito, la tierrita suelta que le bordea la superficie. Ahí están, los otros tres, mirando y buscando, de tanto en tanto, el vasito de cerveza que tienen en la mesita de plástico fuera de la cancha. Lo miran a él estudiar la jugada. Deberá colocarse sobre un costado, ya que la mayoría de las bochas están obstruyendo el camino directo hacia el bochín, que está ligeramente desviado del eje imaginario de la cancha. Deberá colocarse a un costado, hacer rodar lentamente la bocha para que se acerque lo más posible a la tabla lateral, sortee el grueso de bochas y llegue por fin a frenarse a los pies del bochín. El tiro deberá tener una cierta fuerza, ya que al golpear la tabla media floja, la bocha desprenderá demasiada energía y perderá empuje: “corta la bocha”. Va hacia el costado. Tiene toda la jugada estudiada. Sostiene la bocha con la palma de la mano por debajo de la misma, pero hacia atrás, como ocultándola. Finalmente tira y la bocha hace exactamente lo que había pensado: bordea la zona menos transitada por las demás bochas, parece ir demasiado ligero para su gusto, pero toca la tabla y el golpe más la caída le dan el envión necesario para llegar deliciosamente hasta el bochín y moverlo tan poco que ni es necesario hacer la medición para saber que el tiro es válido. “La dejó mamando” ,comenta un viejo que mira, a otro. Le queda un tiro, todavía. Ya saben que van a ganar. No sólo el pago de la cancha sino de toda la bebida que tomarán hasta la tardecita.
Y aquí estamos, no en un lugar sino en una tardecita, de vuelta por el caminito de tierra, que parece moverse como si se agitara o como si de un momento a otro se fuera a romper, con el último sol de la tarde a un costado y el río cerca, volviendo a casa para bañarse y vestirse, porque esta noche es noche de arrimar el bochín.

domingo, julio 13, 2008

Los desocupados



A Mateo Booz y Fernando Birri


Se escucha el sonido de una risa larga que finalmente rompe, como una ola, en el silencio de esa cocina. Rompe y su estruendo final moja a los muchachos que acompañan a la dueña de la risa. Por un momento la bombita de 30 wats, única iluminación, es el sol para ellos tres. Es de madrugada y empieza a refrescar. Sólo por eso se turnan, cada tanto, para ir hasta la heladera, para buscar algo de tomar y sentir, de pasadita, el frescor que tira ese artefacto blanco y gigante. Se han juntado al caer la luz, por la tarde, y han hablado y fumado, han bebido, han cocinado. Pero ahora, están los tres mirando el vaso, la mesa, o nada, y la risa que acaba de terminar los moja y los sacude, un poco, de la modorra y el empaste, del nubarrón que tienen dentro. Nada de claro y distinto, sino más bien turbio, opaco.
Todo turbio, opaco, como si a la máquina del mundo le hiciera falta un lubricante mejor, o más eficaz.
Uno de los dos muchachos, puesto a ver el humo que desde el centro de la mesa sube hasta la bombita de 30 wats, sin perder tiempo en meandros, con estilo y gracia formando un hilito de hormigas, escucha una voz amena que le habla, pero con el notable detalle de no entenderle absolutamente nada, más que el sonido amplificado de un murmullo, como si el lenguaje susurrara algo desde el centro de una hoja embollada, algo fuerte y poderoso, pero ininteligible, indomesticable. Su atención está a todo lo que da en el hilito de hormigas que sube hasta la bombita de 30 wats, única iluminación, que para ellos es el sol. Y mientras los otros, el otro muchacho y la joven, o sea, el muchacho que ha ido a buscar algo para beber la última vez, pasando el turno a la joven, la joven que es la dueña de la voz ininteligible que ríe en esa cocina iluminada por una bombita de 30 wats, cuya risa fue a estrellarse en el silencio y a sacudir la modorra de los dos muchachos que están en esa cocina desde quién sabe qué hora, bebiendo, comiendo, fumando, hablando, y todas esas formas del hedonismo. Y ahora uno de los muchachos y la joven le hablan al otro, que parece hipnotizado, o más bien, en ese tránsito que hay desde el sueño a la vigilia, en donde por un momento todo se ve difuso, con grietas. Pero al fin el joven sale de su trance y los mira, a los otros, que se ríen, y que a su vez, contagian la risa al “alienado”, que rompe en carcajada, aunque sin saber por qué.
Es tarde, le informan, tardísimo.





jueves, mayo 15, 2008

La hora de los colores

Más espumoso negra, dice. No hace ni media hora y te tomaste medio botellón de ginebra, qué te va importar la espuma a vos, dice la negra.

Clarea, y hace un frío húmedo que moja. El braserito arde y arde y el río, allá abajo, hace su lento trabajo. Es la hora de los colores, en el cielo. Va y viene con cada olita la canoa, atada a un palo en la costa y golpeando una y otra vez las gomas de autos incrustadas en la arena arcillosa. Va y viene contra ese muelle de pobre, la canoa. Los remos adentro, como los brazos cruzados de un muerto.

Bueno, dice él. Dame un besito entonces, se ríe. Callate mejor, y apurá ese mate, dice la negra. Se moja.

Están en el límite entre el borde del río y su patio, o sea, su rancho, o sea, su casa, pero también, o sea, su lugar de trabajo, o sea, también el río es su alimento y su veneno. Adelante del rancho hay una mesa larga de madera gruesa, allí se limpian los pescados. Es decir, se los vacía. Es decir, las entrañas y lo incomible. Y se los cuelga de la cabeza, de un gancho, del tirante de la galería que es su casa, su negocio, su libertad y su celda.

Cuando la negra se pierde mirando el lado del cielo por donde asoman los colores, el brasero crepita y la pava con el agua para el mate comienza a vibrar. Ella voltea la cabeza y lo ve a él mirándola y tocándose la pierna, arriba, marcada, como una sombra bien legible, sin reparos y con la cara simpaticona por la ginebra, incitándola. Sentate acá, le dice.

Hace un frío húmedo y mojado y se ve que el sol sale y sale temprano y todos los días, sin faltar ninguno, aunque a veces no parezca, y se ve que la negra se arremanga el vestido y se ve también, de paso, que no lleva bombacha y que por eso mientras él saca la punta de la verga por el cierre falseado del jeans, dura, la boca pastosa por el alcohol, el frío, la negra montándolo, los guríses que en cualquier momento se despiertan, el olor a pescado en las manos, el galope y los ruiditos, la agitación, en fin, la canoa golpeando, una y otra vez, sin cesar, las gomas de autos incrustadas en la costa que son, bien digo, el muelle pobre.




jueves, marzo 27, 2008

A sus plantas rendido un porrón

Está sentado y mira por la ventana del bar. Sentado y totalmente embrutecido por el alcohol. No queda, después de todo, otro remedio. Hasta las más altas esferas de la inteligencia le ceden el paso a la idiotez del sentido común, cuando le tocan, de lejos, el corazón. Pero él está sentado y mira, por la ventana del bar, a cinco o diez metros, un colectivo pasar, la casa de enfrente, un señor que lleva, pedaleando con disciplina y esfuerzo, a una señora sentada detrás, de costado, ya que la falda le impide sentarse de frente. Mira eso u otra cosa. Es lo mismo, para el caso. No viene al caso contar adónde está. No es un problema de lugar, sino de género. Sabe (porque él lo sabe) que va a tener que pararse a buscar otra cerveza. Sabe también que, como no es la primera, va a costar pararse, caminar, con la botella vacía en la mano, sacar el dinero embollado del bolsillo trasero del pantalón de trabajo, pedir, no sin cierto problema de habla, otra cerveza, esperar y contar el vuelto y luego, sin prisa pero sin la menor concentración, buscar nuevamente su mesa junto a la ventana para al fin, beber hasta liquidar la última forma posible de pensamiento. Piensa que así se arreglan las cosas. Sabe (porque, para qué negarlo, lo sabe) que eso no arregla nada. Pero también sabe que allá afuera, justamente ahí por donde ese señor pasa pedaleando trabajosamente su bicicleta, la gente tiene la dudosa tendencia a no decir nada y a reclamarlo todo. Entonces, se levanta, camina a duras penas unos pasos y luego, recuerda que está olvidando algo. Vuelve sobre sus pasos y para sorpresa de los presentes, toma el envase por el cuello y reinicia su causa. Pide su cerveza y vuelve, no es cierto, lo más campante, contento de tocar con la palma de la mano el borde helado del envase marrón. Se sienta aún sin dejar la botella cargada y luego, con un estruendo súbito, hace un ruido que gana la atención de los presentes, dejando caer pesadamente el envase sobre la mesa. Toma el vaso y lo inclina, sirviendo lenta y meticulosamente la cerveza dentro, dejando un pequeño cuello de espuma. Vacía el contenido de un solo trago. Sirve otro. Piensa para sí, pero, claro, sin pensar mucho y como se dice, sin decirlo ni pensarlo, que si hubiera querido emborracharse a lo bestia, hubiera comenzado por ginebra o gin. O caña. Pero ha querido poner las cosas en su lugar y sobre todo, rumiar un poco el asunto, para cederle poco a poco el espacio al alcohol hasta embrutecerse. Ha bebido la primer cerveza con la bronca que ha venido acumulando durante el pedaleo hasta el bar. Ha visto cómo puede ser vaciado un envase en un pestañeo. Tal vez ustedes no estaban atentos cuando dije que él sabe que esto no se solucionará bebiendo como un animal. El caso es que él ya sabe que, después de la cuarta cerveza, le importa poco y nada lo que ha venido pensando y su cabeza salta de palabra en palabra, siguiendo los estímulos que recibe del orificio de la ventana, construyendo un relato enloquecido y confuso, que va del enojo a la tibieza de esa vieja sentada de costado, en la bicicleta comandada por el viejo, que, como bien decía, lenta y trabajosamente, pasa por delante del bar, como quien dice, lo más campante.
Es tarde y se escucha, pero no se sabe de dónde viene, la voz de un relator de fútbol nombrar infinidad de apellidos, de lo que se desprende que cada apellido pertenece a una persona en particular, y que estos se pasan, sin otra singularidad, la pelota, unos a otros.
Él se levanta y se va, no sin antes percibir que esto último le trae una idea que lo llena aún más de odio: como en el fútbol los pases, en la sociedad, la estupidez y el rencor se contagian.









martes, enero 22, 2008

Lo otro



El taco se clava en el piso de baldosas. Ha venido bajando, con lentitud pero sin detenerse y al mismo tiempo, que es lo que aquí se está diciendo, ha girado y ha bajado, para por fin, enterrarse en la baldosa. Y tan seguro y calmo fue el sonido que salió que no podía significar otra cosa más que presencia; ella, que estaba sola en la pieza. Al mismo tiempo. Presencia de ella y también, claro, soledad. Pero el taco hace el ruido y la presencia no es otra cosa más que soledad, piensa ella. Es imposible que haya soledad sin un sujeto que la piense. Presencia y al mismo tiempo, no sé si me explico, soledad. Cuando el taco se clava en la baldosa, y ella termina el parlamento que ha venido preparando mientras, elegante, practicaba pasos de baile, saludos, cierta sorpresa por un halago, todo. Pero todo lo que ahora recuerda, al mismo tiempo, no?, ha pasado más bien al ritmo general en que pasa el tiempo, como el río, no? Sin siquiera tolerar el mínimo movimiento, levanta con sigilo la mirada y se escruta frente al espejo. Lleva una bincha en concepto de peinado, ropa interior y tacos. Sube una mano, la derecha, para empezar a decir la verdad, la apoya muy suavemente sobre una cómoda, deja que su mirada y sus manos caminen por la cómoda hasta que, en el encuentro de cielo y mar, una pava se alza vigorosa y opaca. O, con menos margen de error: se sirvió un mate. Dos cosas. Y sin embargo la Misma cosa. De golpe, como el primer viento que denuncia una tormenta, el rictus se rompe y ella chupa el mate. Una mano, la izquierda, para seguir con la farsa, sin el menor reparo viaja hasta el culo y saca, no sin hacer en el mismo momento el giro correspondiente para observar en el espejo el trámite de la operación, utilizar uno de los principales atributos del homínido, a decir, el dedo pulgar, y casi por vecindad, el no menos importante dedo índice, para lograr una pinza de fabricación casera y así desmontar un ligero embotellamiento de bombacha que, trabajando en los lindes del goce y el dolor (¿pero no era que el goce es la ausencia de dolor?) interrumpieron la práctica. Ahora el mate ya descansa. Tal como cuando lee, la forma de tomar el mate es cebarse unos cuántos seguidos y luego, tal vez, minutos, dejarlo tirado sin tocarlo, hasta que, en un nuevo recreo, volver a calentar el mate merced al procedimiento de cebarse uno atrás del otro y tomarlos hasta que, la yerba logra calentarse. Pero, ni remotamente hablábamos de esto.
Ahora es la punta la que, alta y con movimiento calculado, baja como un ave de presas. La punta y no el taco. Pero interrumpe todo. Se pone y se saca ropas, busca algo, los tacos ahora vuelvan adentro del armario y de pronto, toda esta niebla espesa se arremolina en una búsqueda furiosa, mirando allá y acá, hasta que al fin, escondido, el objeto es descubierto y su dueña, ya portándolo, se apura, porque está llegando tarde a la escuela.










jueves, diciembre 27, 2007

Asado (diferencia y repetición).

Lo que se dice ver es lo siguiente: la mañana dura hasta las once, se atenderá al público con la reserva de matear entre cliente y cliente o bien mientras se espera que alguien se arrime al puesto. Hasta las once solo, porque un poquito después, sólo un poquito después de las once invariablemente bajará en la esquina de General Paz y la vía, digo bajará porque descenderá del colectivo de la línea 14, el Ñato. El Ñato es el hermano de Raúl, el dueño del puesto de frutas y verduras de General Paz y la vía. Digo que dura hasta las once porque ni bien el Ñato baja, la mañana gira y el agua del mate ya no se vuelve a calentar y sin saludar (cuando hay gente) o con un breve ademán, el Ñato pasa a un costado del puesto y busca en el baúl del FIAT 1500 la conservadora, de donde extraerá invariablemente el Cinzano y la soda, y algunos hielos. Preparará una jarra de la que irán bebiendo, intercalados y siempre y cuando amaine la gente por el calor del mediodía, Raúl y el Ñato. Más tardar once y media Raúl, que trabaja en la municipalidad y ha venido como siempre a las once en punto, dispondrá los elementos para el fuego. En un rústico asador que debió pertenecer a los cuidadores de la garita del ferrocarril, el Ñato pondrá primero una base de papel embollado, luego le pondrá una casita hecha de un sinfín de ramitas secas o lo que casi siempre sobra en el puesto, maderitas provenientes de cajones de frutas; luego encenderá aquí y allá la pelota de papel hasta que logre una pira que arderá y a la cual el Ñato irá agregando carbón. Con ese calor primitivo el Ñato limpiará la parrilla del último asado. Raúl le dice desde lejos que saque del auto unos vegetales que él ya ha lavado para mayor seguridad, y que la carne está como siempre, en la otra conservadora. El Ñato nota que la carne ya ha sido salada, como siempre a las 9 de la mañana, después de la ronda de venta fuerte a las viejas del barrio, Raúl ha sacado del auto la conservadora con la bolsa de carne adentro, la ha estirado sobre el tablón que todos los días arma a un costado del puesto, la ha tirado sobre la mesa misma, y ahí la ha salado y la ha vuelto a meter a la conservadora, sin cerrar del toda la tapa, cuestión de lograr que la carne se oree y evitar las moscas. Ñato saca la conservadora de la carne, y la bolsa que contiene algunos vegetales lavados. Ha puesto sobre las brasas mismas, dos cebollas, un morrón rojo, una calabaza y dos papas. A las doce menos cuarto, la carne ya flota sobre el colchón caliente, ya se ha dejado el Cinzano y se toma vino tinto frío, con soda y hielo. Como siempre, cerca del mediodía el calor es insoportable. Pero como el puesto está justo a un costado de la vía, la sombra de los árboles y el “pasillo” que la vía abre sobre la ciudad refrescan a los hermanos. Mientras los vegetales se van rotando para ser cocidos con exactitud, un auto se desviará de la General Paz y entrando al playón de arena se estacionará serenamente a unos metros del puesto. Como siempre, el Chiquito, el más joven de los tres hermanos, estacionará su auto y bajará. Tomará uno de los jarros improvisados que contienen el vino y brindará. Pelarán los vegetales asados y los rociarán con aceite de oliva. Hacia las tres menos cuarto, los tres, más cerca de los árboles para perseguir la sombra, pelaran mandarinas y se contarán los problemas del día. Mañana igual. Todo así. La diferencia no es más que la distancia entre repetición y repetición.